El lenguaje claro en el pensamiento de Adela Cortina

El lenguaje claro, según ADELA CORTINA, trasciende la mera recomendación de estilo o cortesía para convertirse en una exigencia ético-política ineludible y un deber institucional indeclinable. Es un elemento estructural necesario para la realización de la justicia, la ciudadanía plena y la salud democrática de la sociedad

El significado del lenguaje claro en la comunicación se fundamenta en varios pilares clave de su filosofía:

Para Cortina, la claridad lingüística es, ante todo, un deber moral que va más allá de la cortesía del filósofo (como señalaba ORTEGA).

  • Condición para la comprensión recíproca: Un mundo más humano no puede edificarse desde la incomprensión mutua (mutua incomprensión), sino desde la comprensión recíproca.
  • Combate la jerga esotérica: La ética, como filosofía moral, corre el riesgo de ser percibida como una «jerga de rufianes» cuando utiliza un lenguaje filosófico esotérico e ininteligible. Este lenguaje complicado, en lugar de provocar interés, termina suscitando la más profunda apatía en el público, pues lo ininteligible genera un efecto disuasorio a largo plazo.

El lenguaje claro se considera la condición para ejercer la libertad y la autonomía cívica. Su ausencia tiene consecuencias políticas perniciosas:

  1. Antídoto contra la «obediencia difusa»: Sin claridad en la comunicación, no hay ciudadanía plena, sino solo obediencia difusa. El lenguaje deliberadamente oscuro o excesivamente técnico impone una ignorancia inducida incompatible con el ideal de la autonomía cívica.
  1. Base de la deliberación informada: La claridad es vital para la salud democrática, ya que permite a la ciudadanía discernir (criticar) y tomar decisiones de manera informada, en contraste con la manipulación que utiliza esquemas simples y emotivos. La opacidad funciona como un mecanismo de despolitización.
  1. Nueva ilustración: Cortina propone que el uso del lenguaje claro es un pilar fundamental para una «nueva Ilustración» que busca restaurar la razón, el debate público y el compromiso ciudadano frente al «cortocircuito generalizado» y el «ruido tecnocrático» de la época contemporánea.
  1. Derecho a no ser engañado: La claridad y la veracidad son cruciales en la ética del periodismo, pues la tergiversación atenta contra el derecho fundamental «a no ser engañados». Es esencial para educar en una ciudadanía mediática lúcida y responsable.

El imperativo del lenguaje claro es un deber que se extiende a todos los ámbitos sociales, especialmente a las instituciones, y está profundamente ligado a la ética de la razón cordial y al reconocimiento del otro.

  • Garantía de acceso universal: La claridad lingüística es el vehículo esencial para garantizar que los mínimos morales (valores de libertad, igualdad y solidaridad), universalmente válidos, sean universalmente accesibles y comprensibles.
  • Requisito de la ética discursiva: Si el diálogo es la base para la construcción intersubjetiva de la justicia, la opacidad sabotea la posibilidad de que la razón práctica oriente la acción, ya que si el lenguaje es incomprensible, se violan las condiciones ideales de la comunicación y se impide la participación informada.
  • Humanización de la comunicación: El lenguaje debe ser lo suficientemente claro, llano y cortés para movilizar el elemento cordial de la razón (inteligencia, sentimientos y coraje), lo cual permite que los valores éticos arraiguen en los ciudadanos.
  • Deberes burocráticos: En la administración pública, el lenguaje claro es un requisito de eficiencia ética. La falta de claridad burocrática causa «enormes daños» a la sociedad y perpetúa la desventaja e injusticia contra los ciudadanos peor situados y menos privilegiados, quienes quedan incapacitados para entender los requisitos que rigen su vida.
  • Transparencia legal: El deber de claridad se extiende a los poderes legislativo y judicial para asegurar la transparencia, la accesibilidad a la justicia y el ejercicio informado de los derechos.

La máxima importancia del lenguaje claro reside en su poder para otorgar existencia y reconocimiento a las realidades invisibilizadas y a los sujetos excluidos.

  • Nombrar para existir: CORTINA sostiene que «lo que no se nombra no es que no exista, sí existe, solo que no se ve, se ignora y se oculta». El lenguaje, por lo tanto, tiene el poder de ocultar realidades para evitar el reconocimiento.
  • Acto de justicia distributiva: La claridad lingüística es una herramienta para garantizar que todas las personas merezcan ser dichas y reconocidas. La elección deliberada de la palabra es un acto ético y político.
  • Erradicación de la injusticia: El ejemplo paradigmático es la acuñación de aporofobia (rechazo al pobre o atender únicamente a a aquellos que nos pueden devolver algo que nos interesa a cambio)

Al nombrar con precisión este desprecio, CORTINA obliga a la sociedad a ver una realidad que se dirigía a aquellos que no tienen «nada que ofrecer». El nombramiento preciso del mal es el primer paso para su erradicación y para superar la «ceguera nuestra» que impide ver el valor intrínseco de cada ser humano

  • Resistencia ontológica: La opacidad, desde esta perspectiva, no es un fallo de estilo, sino un mecanismo que activamente desrealiza a los grupos vulnerables, negándoles su derecho a la visibilidad y a la inclusión en el pacto de justicia.

En esencia, el lenguaje claro actúa como un imperativo ontológico y ético que garantiza que los procedimientos sociales sean transparentes, que los ciudadanos puedan ejercer su libertad a través de la comprensión, y que las instituciones honren la dignidad de los interlocutores al comunicarse con ellos de manera clara, llana y bien cuidada.

A continuación, reproduzco notas que fui cogiendo en la lectura del capítulo 11 de su libro, especialmente en sus páginas 183 y siguientes que me parece “oro puro

Si el esfuerzo por el lenguaje claro ha sido una necesidad permanente, porque es el modo de entendernos entre nosotros y a nosotros mismos, se ha convertido en una exigencia ineludible de este tiempo nuevo.

Es pues una buena noticia que desde los años 70 del siglo pasado haya ido surgiendo en distintos países y sectores sociales ese movimiento del lenguaje claro o llano que se propone establecer una mayor simetría entre gobiernos y Administraciones Públicas o legisladores y ciudadanía,  entre profesionales y destinatarios de la actividad profesional,  entre empresas o entidades financieras y sus grupos de interés, entre medios de comunicación y oyentes, lectores o espectadores, entre interlocutores en las redes.

El movimiento se propone dar a los afectados por esas actividades el protagonismo que les corresponde y que, de hecho, no ejercen,  en parte porque las informaciones que les llegan,  sean orales o escritas, están envueltas en el misterio de un lenguaje críptico, nomológico, que camina en una sola dirección y descarta el diálogo posible.

La iniciativa del lenguaje ya no pretende infundir confianza y a la vez conseguir que los afectados dejen de ser en realidad siervos y se conviertan en lo que de palabra son, es decir, ciudadanos.

El interés por la emancipación del género humano exige conocimiento y no solo información, comprensión y no solo acceso a la comunicación.

El lenguaje oscuro, opaco, abstruso, puede ser fruto de la desidia y la negligencia de la incompetencia y la falta de preparación, de un mal hábito ancestral y heredado, pero también puede ejercer la función de una calculada ideología. Es, en este sentido, un arma ideológica de destrucción masiva.

En esa nueva Ilustración que empezaría en los años 70 del siglo XX, la claridad no es ya solo la cortesía del filósofo sino, sobre todo, un derecho de los ciudadanos, de los administrados, de los afectados por cuestiones jurídicas, de los pacientes, los consumidores, los lectores de periódicos y los navegantes en las redes del mundo virtual.

La claridad del lenguaje no es solo una concesión graciosa que se otorga ad libitum, sino un derecho incuestionable de quienes deberían ser situados en la posición de simetría que les corresponde.

El derecho de cada persona a comprender aquello que le afecta para poder asumir su respuesta de forma autónoma y el derecho a que su respuesta sea tomada realmente en serio por personas con nombres y apellidos que se hacen responsables de ello, es un requisito indispensable para la ética de la IA

La comunicación clara genera un vínculo de confianza entre los distintos poderes del Estado y los ciudadanos que se sienten tratados en pie de igualdad, aumenta la eficiencia de las instituciones, pero, sobre todo, ahorra a la ciudadanía incertidumbre, ansiedad, dinero para contratar a un experto que ayude a entender el mensaje abstruso, promueve la transparencia, el acceso a la información pública y la rendición de cuentas.

Se trata entonces de redactar los textos situándose en el lugar de los destinatarios, pensando en sus necesidades, intereses y perfiles como también de verificar si los mensajes son comprensibles, recurriendo a mecanismos de participación

En estos tiempos en los que se dice hasta la saciedad promover el gobierno abierto, de cuyos grandes empeños es la práctica de la transparencia para reducir la corrupción, no hay mejor comienzo para este viaje que las alforjas de un lenguaje llano cuidado y abierto al diálogo.

Un segundo campo es el de la SANIDAD cuyos protagonistas son los profesionales, los gerentes, la industria farmacéutica y, en lugar destacado, los pacientes. Reclama claridad como pocos. Sin ella es imposible cumplir con los principios éticos (no maleficencia, beneficencia, autonomía, justicia) … Explica habilidad en tiempos de IA y con las metas que le dan sentido: ¿cómo no dañar al paciente, cómo hacerle bien sin saber qué entiende por su bien en una situación concreta sin atender al ejercicio de su autonomía que debe ser dialogada?

Afortunadamente prácticas como el consentimiento informado, la redacción de voluntades anticipadas o la planificación de decisiones al ingresar en el centro sanitario expresan respeto a la autonomía del paciente.

Pero para que respeten realmente la autonomía y no queden en meros requisitos legales deben redactarse en un lenguaje claro, preciso, pero no vulgar, pensando en un paciente sencillo y razonable. Y la misma claridad se hace indispensable en los prospectos de los fármacos herméticos y disuasorios hasta extremos insospechados.

El MUNDO EMPRESARIAL Y EL FINANCIERO precisan también cada vez más reputación para ser competitivos; y la reputación exige no solo actuar bien sino también saber comunicarlo. La claridad es derecho de los afectados y obligados de los poderosos, pero también la veracidad es derecho de los primeros y obligación de los segundos.

Si los mensajes son claros, pero hay contradicción entre lo que se dice y lo que se hace o lo que se pretende hacer, la confianza de los afectados se evapora con toda razón y la confianza es el primer capital ético de los países, difícil de conquistar, fácil de dilapidar.

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